
Esta semana tuve la experiencia de internar a un familiar en un hospital público. Ante la gravedad de su estado, tuvimos que llegar por el área de urgencias y nos atendieron rapidísimo. Valoración, toma de muestras de sangre, consulta, radiografías e internación, todo en un tiempo razonable.
Claro, la cantidad de pacientes hace que los tiempos de espera sean a veces largos (para pasar de una silla de ruedas a una cama disponible, por ejemplo), pero la actitud fue magnífica. Y en los siguientes días, tanto la atención personal como por teléfono de las trabajadoras sociales y los médicos fue gentil y detallada. Tuve que correr entre hospitales para sacar citas para estudios y siempre encontré gente amable, incluso interesada en dar las citas tan rápido como fuera posible y dispuesta a hacer cambios en beneficio del paciente.
Realmente notable.
Sólo puedo hablar por mí, pero mi concepto del sistema de salud pública ha cambiado radicalmente. Mucho del problema no es la burocracia ni la rigidez del sistema, vaya, ni siquiera la falta de recursos (hablo de hospitales de 3er nivel, que fue lo que me tocó conocer), sino la enorme cantidad de pacientes.
Por más que le echen ganas, una docena de médicos de urgencias son pocos para atender a 100 pacientes en un día, muchos de los cuales llegan en muy malas condiciones. Los polis y recepcionistas tienen sus razones para ser duros, pues por las puertas que resguardan pasan quizá mil personas en un turno. Y cada una de esas personas tiene su propia angustia y sus propias exigencias.
Brazos rotos, crisis diabéticas, deshidratados, atropellados, parturientas, pulmonías... Después de más de 24 horas en una sala de espera de urgencias y de ver de cerca el sufrimiento de enfermos y accidentados ahora comprendo mucho mejor a médicos, trabajadoras sociales y pacientes.
Y no quiero ver al Dr. House en mucho, mucho tiempo.
(Con agradecimiento al personal que nos está atendiendo en el Hospital General Manuel Gea González y en los institutos de Cardiología y Cancerología)