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| ¿Clonando a Meteoro, eh? |
Años después tuve una compañerita de origen japonés en la primaria (¡hola Mayumi!). Con ella conocí las encantadoras cajitas para lápices hechas en Japón: unas monerías que se abrían por todas partes, tenían muchos compartimientos e incluían lápices, plumas, sacapuntas, gomas y todos los etéceras que una niña de 9 años podría desear para lucir en su pupitre de la escuela, y además, con los personajes de moda y otros que ni conocía pero que me parecían sensacionales. ¡Pero eran carísimas! Nada de ondas niponas made in China, pura calidad en serio.
Antes de que supiera lo que era manga o anime, ya era consumidora de la cultura pop del Sol Naciente. Yo y toda mi generación.
En la juventud entré en contacto lejano pero efectivo con la estética japonesa de los jardines, las casas, la cerámica... ¡y el sushi! Porque los alimentos también tienen que ser estéticos, cómo no. Y el ikebana con sus sobrios pero sorprendentes arreglos, los diseñadores de ropa con sus ideas loquísimas, la tecnología... y mi amado budismo zen que admiro con reverencia pero muy de lejecitos.
Ahí está el origen de mi acercamiento al budismo: de Señorita Cometa al Japón, de Japón a su cultura, de su cultura a su espiritualidad, del shinto al zen, del zen a China, de China a la India y de ahí al Tibet. Y todo por ver la tele en las tardes de mi infancia.
¡Arigato gozaimasu querido pueblo Japonés! Si alguien sabe levantarse de sus ruinas con gracia y decisión, son ustedes.



